“No, no, no… ¡hoy no! No se me pegan las sábanas en siglos y me tiene que pasar hoy!”
Toni tiró las sabanas a un lado y saltó de la cama, atravesando el comedor, directo al lavabo. Se quitó los calzoncillos, los tiró por encima de su hombro sin mirar donde caían y se metió en la ducha. Ni pareció notar que durante los primeros segundos el agua salía fría. No más de cinco minutos más tarde, cuando el agua pasó de helada a tibia, Toni ya se había duchado y se secaba sin ni siquiera darse cuenta que no había cortado el agua. De repente salió del trance en el que parecía haber caído y casi medio sorprendido de que la ducha no se diera cuenta de la prisa que tenía y girara el grifo ella sola, lo giró él mismo.
No tenía tiempo ni de mirarse al espejo pero hoy precisamente era el día que tenía que estar presentable. Podía pasar sin afeitarse. “La barba de dos días está de moda”, pensó. Se lavó los dientes, puso un poco de gel en el pelo y lo peinó para atrás, a lo Mario Conde del siglo XXI. Volvió a su habitación, abrió el armario. Pantalón y cinturón negros, calcetines negros, camisa azul cielo, que era la única que tenía planchada, y un poco de Shock de Calvin Klein.
Se miró al espejo, no estaba del todo mal teniendo en cuenta las circunstancias. El estómago protestó. “Calla, no tengo tiempo de comer, ya te daré algo cuando llegue a la oficina.” Salió de la habitación palpando la mesa del comedor, agarrando su cartera y su móvil sin ni siquiera mirarlos y directo al recibidor donde guardaba los zapatos. “La ocasión requiere los negros”. Con cuidado de no arrugar la camisa, se ató el derecho, el izquierdo, cerró los ojos , respiró hondo, aguantó la respiración durante un segundo y la soltó mientras relajaba los hombros. “Vamos”.
Tiró de la puerta, vio que el ascensor pasaba por su piso pero no le dio tiempo de darle al interruptor y pararlo. Se quedó quieto, inquieto, esperando que el ascensor llegara a la planta baja y subiera de nuevo. Miraba el reloj cada dos segundos y se rascaba la barbilla con la mano derecha. Un tick que tenía desde pequeño. La paciencia le duró tan solo unos segundos. “¡A la mierda!” se dijo, y empezó a bajar por las escaleras.
“Agosto, ¡tenía que ser Agosto!” Sólo había bajado tres pisos y ya se apreciaban pequeñas manchas de sudor en su camisa. Saltaba los escalones de dos en dos. “Nada, que hoy el universo se ha propuesto que no tenga un aspecto presentable… 3 meses preparándome para hoy y se va todo al carajo porque me he quedado dormido”.
Saltó de golpe los últimos 3 escalones y se fue directo a por el pomo del portal del bloque, que se giró solo antes de que él lo alcanzara. Lentamente la puerta se abrió y detrás de ella apareció, sonriente, la señora Ruiz, del 4º 2ª.
“Buenos días majete. Uy, que arreglado vas hoy, seguro es que por una chicota, ¿eh pillín? Me recuerdas a mi Antoñito, cuando nos conocimos en la feria del pueblo. Tan apuesto y atento… ¡los hombres de ahora ya no son como los de antiguamente! Antes tenían modales y trataba a las mujeres como señoritas. ¿Ahora? Donde hemos ido a parar… Bueno, tú no Toni, majete, que tú eres muy formalito, pero hay cada uno por ahí suelto que no tienen vergüenza. Fíjate que mi nieta, la Puri, tú la conoces, ¿verdad? Pues que tenía un novio formal, de 4 o 5 años, que parecía decente y buena persona. Doctor, con eso te lo digo todo. Ni aún así, porque resulta que mi Puri se enteró de que…”
“Señora Ruiz, siento interrumpirle, pero…”
“… de que resulta que se la había estado pegando con una enfermera desde hacía ya más de un año. Ahí dale que te pego en el hospital. Y claro, ella no sabía…”
“Señora Ruiz”
“…nada de nada. Mi Puri tan tranquila, fiándose del muchacho ese, y si no llega a ser por una compañera de trabajo de él yo creo que ni se entera. Resulta que un día, en el…”
“Señora Ruiz…”
“…cuarto de la limpieza de la planta donde trabaja este Pedro, que creo que se llama, estaban dale que dale y una auxiliar, que buscaba una fregona para limpiar un vómito de un paciente, abre la puerta del trastero y allí se los encuentra…”
“¡Señora Ruiz!
“… in fraganti, como si fueran dos perros en celo…”
“¡¡Señora Ruiz!!”
“Ay, Majete, que te pasa que estás tan alterado de buena mañana…”
“Que llego tarde al trabajo, ¡me tengo que ir!”
“No pasa nada porque llegues 5 minutos tarde, ¿no? Además si ya casi estoy. Pues eso, que les encontraron en el cuarto de la limpieza…”
Toni no pudo más, se escurrió entre la señora Ruiz y el marco de la puerta y, sintiéndose culpable por dejarla con la palabra en la boca, se fue directo a la calle. No se podía ver ni una sola nube en el cielo y aunque el sol no picaba, el aire era pegajoso. Por que no sólo era Agosto, también era Barcelona, tocando al mar y con la humedad que ello supone.
Toni giró a la derecha, ni corriendo ni caminando, aunque cualquiera que lo viera diría que los dos a la vez. Le quedaban dos manzanas hasta la parada del autobús. Miró su Lotus. “Las 7:42…no cojo el de las 7:45, ¡no me da tiempo!” Debatió entre correr, quizás llegar a la parada a tiempo y empaparse la camisa de sudor o seguir al mismo ritmo. Pensó en que seguramente esta era su última oportunidad así que arrancó en un sprint frenético. Cuando llegó a la parada respiraba con dificultad y le dolían las piernas. 7:46. “Bueno, si ha encontrado un poco de tráfico, puede que aún no haya pasado”. Miró al banco de la parada, había un adolescente sentado, con la capucha y los auriculares puestos, mirando al suelo y balanceando la cabeza de arriba bajo muy ligeramente. No valía la pena ni preguntarle desde cuando esperaba, seguro que ni se molestaba en contestar. “La señora Ruiz tiene razón, esta juventud de hoy en día…”, se dijo en voz baja.
Toni se sentó en el banco, al lado del adolescente encapuchado, que ni se inmutó. Apoyó la cabeza en el cristal que hacía de respaldo y cerró los ojos. “Dos años, ¡dos eternos y malditos años! Ni más ni menos que 24 meses cogiendo el autobús de las 7:45, viéndola cada día y no atreviéndome ni a decirle hola. Y el último día que voy en esta línea, mi última oportunidad de hablar con ella, y me quedo dormido…” Lo peor para Toni es que sabía que para ella no era un desconocido en un autobús. Cada día le miraba a los ojos y ella le devolvía la mirada, durante un segundo, esbozando una sonrisa casi invisible. Luego los dos desviaban las miradas, casi avergonzados, aunque se buscaban durante las 7 paradas que recorrían juntos antes de que ella se bajara. A veces Toni la veía mirarle de reojo, como si intentara que nadie se diera cuenta. O quizás se lo imaginaba todo, se solía preguntar.
Apretó la mandíbula con rabia durante un segundo y resopló. Luego abrió los ojos y pensó en llamar al Sr. Vidal, su jefe. “Siempre insiste en que le llamemos si vamos a llegar tarde, pero que va a hacerme si no lo hago hoy ¿despedirme? Total, si es mi último día…”. De repente, en la distancia, por encima del tráfico de la hora punta, Toni vio como aparecía doblando la esquina su autobús. Miró su reloj. 7:55. Podía ser el 7:45 que iba tarde o el de las 8 que iba adelantado. Quizás ella también se había quedado dormida. “Venga chaval, no te engañes, ya sería mucha casualidad”, pensó. El conductor, parsimonioso, como queriendo alargar la agonía de Toni, frenó, se detuvo en la parada y abrió las puertas. Toni estaba el segundo en la cola, detrás del adolescente encapuchado, que seguía balanceando la cabeza. Subió los 3 escalones, pagó con su tarjeta e hizo un barrido visual rápido del autobús. Nadie le miraba a los ojos, nadie se parecía a ella.
Empezó a andar, lentamente, hacía el final del autobús. Miraba cada cara detenidamente, quería estar seguro que no estaba allí. Durante un par de segundos, cerró sus ojos y aspiró profundamente por la nariz. Se había acostumbrado a saber que estaba allí con tan sólo reconocer su perfume en el aire. Femina de Alberta Ferretti. Se había convertido en uno de esos olores que asocias inmediatamente con una persona incluso mucho tiempo después de haberla visto por última vez. Toni sabía que durante el resto de su vida, cada vez que oliera esa fragancia se sentiría transportado a algún momento de los dos últimos años. Andó unos pasos más hacia el fondo del autobús, frenó la marcha, volvió a cerrar los ojos y volvió a aspirar suavemente. No estaba allí.
“¡Que te sirva de lección!” Se dijo “Has encontrado a alguien diferente, lo podías ver en sus ojos cada vez que la mirabas. Ha estado delante tuyo durante meses, esperando a que le dijeras algo y ahora… ¿ahora qué? Pues a vivir con el remordimiento, no te queda otra”. Marchó lentamente al final del autobús, a la última fila, y se dejó caer en el asiento de la esquina, cabeza gacha y la mirada ausente.
“Próxima parada: Balmes” Leía la pantalla electrónica atornillada el techo. Esa era su parada, así que se agarró al poste más cercano al asiento y se levantó, lento, torpe, como si su cuerpo pesara toneladas. Pidió al conductor que parara en Balmes dándole al botón rojo y esperó al lado de la puerta. Frenada lenta y precisa, las puertas se abrieron y Toni bajó del autobús. Miró hacia arriba, al piso octavo del edificio que tenía frente a él. “Ahora viene lo divertido de verdad, llego tarde y Vidal me está esperando con las uñas afiladas”, pensó.
Saludó con un guiño a Nando el conserje que le respondió con otro y un “8:09 Toni, ¡Vidal te come vivo!”. Toni no pudo evitar esbozar una sonrisa y asentir ligeramente, Nando conocía bien a Vidal.
El ascensor le llevó al sexto piso, Toni se paró ante la puerta con el cartel “Bufetes Vidal S.L.”. Respiró hondo y soltó el aire lentamente, como expulsando de su cuerpo 7 años grises, de sentirse estancado, de no ir a ninguna parte. “El último día” dijo en voz alta. Abrió la puerta y no había dado dos pasos cuando Mikel, a paso ligero y con la camisa arremangada se le cruzó por delante y le dió un puñetazo suave en el hombro. “Vidal te quiere en su oficina pero ya”. Toni levantó su ceja izquierda y soltó un suspiro de resignación. “Venga, al toro se le coge por lo cuernos” pensó.
Toni asomó la cabeza por la puerta. “Señor Vidal, ¿quería verme?”. Vidal, de espaldas a la puerta y tecleando en su portátil, ni siquiera se giró a mirar a Toni.
“Llegas tarde”
“Esto… sí, es que el autobús de las 7:45…”
“No me vengas con pamplinas, aunque mañana ya no trabajes para Bufetes Vidal, hoy aún lo haces, y aquí se es puntual. ¿Queda claro?”
“Clarísimo Sr. Vidal, como le digo…”
“Anda, calla y vete a tu cubículo, la persona que te sustituye te está esperando. Explícaselo todo, y despacito, que luego no quiero problemas”.
“Sí, señor Vidal”
Toni se dió media vuelta y se fue directo a su mesa. “Podría haber sido peor”, pensó aliviado. Andó lentamente a través de esa mini ciudad de cubículos que era la oficina del bufete, saludando de mala gana a los que pronto serían sus ex-compañeros y preguntándose si tendría energías suficientes para pasar las próximas 9 o 10 horas explicando su trabajo a su sustituto.
Llegó a su cubículo y vio a una mujer sentada en su silla, dándole la espalda.
“Hola, soy Toni”, dijo ofreciendo su mano derecha.
La silla giró en el sentido de las agujas del reloj y a Toni se le heló la sangre, no se lo podía creer. Cerró los ojos y aspiró suavemente: Femina de Alberta Ferretti.